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29 abr. 2009

Sixto, la quichua y la hipocresía

Se hace difícil tratar de precisar algunos aspectos que rodearon la vida y la muerte de Sixto Doroteo Palavecino. Como se vio en estos días, hubo una respuesta enorme de parte de la sociedad santiagueña por la noticia de su muerte. Una despedida muy emotiva, de sus familiares y gente querida, a un músico, escritor y narrador, pocas veces vista en la provincia. La gente luchadora de siempre, y los colados culturales reunidos. Muchos folcloristas, escritores, funcionarios, trabajadores, y muy pocos quichuistas.
Sorprende haber leído, por ejemplo, que Sixto tenía chagas desde hace treinta años. Sorprende, además, la mayoría de las opiniones vertidas sobre su figura: que era un grande, un baluarte de la cultura, un gran gestor, etc.
Lo raro es que la mayoría no argumentaba por qué era un grande, un baluarte, etc. Pensando en esta situación, al margen de su triste notica y de su lucha en vida, lo que nos interesa aquí será el uso que la sociedad hizo del concepto “Sixto” y todo lo que simboliza.
¿Qué representa la figura de Sixto para la sociedad santiagueña y para el mundo? Para el país, podríamos ver un hombrecito con violín hablando quichua, un rezago de “patrimonio cultural”, un “testimonio vivo de las culturas antiguas”, y otras barbaridades por el estilo. Para la provincia el caso es más complejo; podemos decir, para comenzar, que hubo que esperar hasta que muera Sixto, para que todos los medios lo hagan aparecer de repente, mucho y condensado como para hacer zapping después de un rato.
Si bien fue mediatizado cientos de veces, era menos por convicción que por complacencia hacia algo que no se entendió nunca del todo. Complacencia por una figura que, de algún modo, simboliza lo poco que queda de una cultura sachera en vías de extinción. Y que posiblemente esta extinción no sea física, pero sí mediática, política, simbólica, y espiritual. Hablar de la muerte de Sixto es hablar de la desaparición de una idea de cultura que la sociedad y sus pésimos funcionarios crearon, elevaron, vituperaron, y después de las fotos, lo guardaron en el cajón para el próximo festejo.
Frente a la abrumadora evidencia, es necesario proponerse discutir, al menos, por las condiciones materiales que obligaron a que Sixto sea un pedazo de tela roto, perdido, pero conservado hasta su última hebra como pieza de museo. Un museo, diríamos, que está siempre a punto de caerse, pero a cada fecha cultural, se lo remoza con guirnaldas, con algún concierto en casa rosada, con algún programa compensatorio que confunde “lo quichua” (y todo lo que esto supone), y “lo indígena” (con todo lo falso o verdadero que queda en Santiago). Ese museo raído como una metáfora de la cultura santiagueña. Y más discusiones culturales sobre el quichua y los campesinos, donde estos sujetos nombrados no pueden participar.
La muerte de Sixto es, de algún modo, hacer notar que nadie quiere embarrarse en un derecho humano esencial: el derecho a la enseñanza en lengua materna. Si logró trascender, fue porque, a fuerza de su violín, de León en el disco, de músicos que lo acompañaron el camino, Sixto remó a contracorriente de un modo que a ningún militante político o gestor cultural se le hubiera ocurrido. Pero también porque se lo dejó cantar, se lo dejó hablar en quichua en los medios. Es decir, lo dejaban aparecer en los medios como para quedar bien y no pasar por ignorante hacia aquello que no se entiende.
El Martín Fierro quichua no sólo es un libro: es parte de una tragedia mayor. Hubiera sido interesante (más allá de que miles de quichuistas campesinos entiendan su traducción, o no la entiendan) enterarnos sobre miles y miles de ejemplares repartidos en cada rancho, y en cada escuela de Santiago. O por lo menos, que haya sido parte de algún plan de lectura. Por supuesto que nada de esto pasó: Nadie, en el área educativa, sabe qué hacer con un bilingüismo de miles de niños quichuistas (o bidialectalismo de los no quichuistas), o con los miles de “Sixtos” que nunca serán. Niños que no reciben el apoyo del sistema porque su lengua sigue siendo “ilegal”. Niños que nunca podrán escribir poesía quichua, ni cantar en quichua, ni putear en quichua en la carpeta de la escuela, ni argumentar en una nota de opinión en quichua, ni hacer un informe científico en quichua, porque nadie sabe qué diablos hacer con esa realidad que debe ser promovida y desarrollada.
Esta creación literaria de Sixto también es reflejo de esa hipocresía política: Nadie, jamás, publicó un comentario (no hablemos de un análisis crítico) del Fierro quichua, en ningún diario ni revista. Aplaudimos su publicación, y pasamos a otra cosa. Nadie sabe dónde hay ejemplares de esta obra. Nadie los pidió. Nadie vio que circulen por el espacio social. Ni hablemos de la esfera rural, lugar estratégico de un público ideal al que Sixto hubiera querido llegar. Pero 1.200 ejemplares financiados de una obra en quichua es menos una política de lectura que un pequeño gesto paternalista.
De este modo, el Martín Fierro quichua se suma a las innumerables obras santiagueñas del siglo XX que hablan del monte, de la problemática del excluido, de la riqueza cultural de los “otros”, pero que nunca llegaron al monte, al campesino, ni colaboraron en el proceso de educación popular. Más invisibles, todavía, algunos pocos docentes de Salavina, Figueroa, San Martín, etc., que intentan generar proyectos educativos bilingües sin ningún tipo de apoyo oficial, desconectados entre ellos, sin formación técnico-pedagógica del estado, pero con voluntad silenciosa. De ahí que Atila Karlovich concluía, con justa razón, que, para la gente, el quichua no se escribe porque no sirve para ser escrito, y porque los perdedores de la historia no son cotizables ni interesantes para nadie.
Con Sixto se murió algo que sería lo más “del monte” que nuestra sociedad santiagueña puede llegar a aguantarse. Sixto fue un puente movedizo entre una comunidad que lucha todos los días por su supervivencia, y el resto de la sociedad. Porque, al ver a Sixto mediatizado tantas veces, observamos que la sociedad avala paternalmente aquello que no entiende, y si aquél campesino quichuista se acerca para dialogar, peligrosamente escapamos. Vale preguntarnos: ¿Dónde ponemos ahora el chagas de Sixto? ¿Y el de miles de campesinos? ¿Ellos cantan como Sixto? ¿Aparecieron alguna vez? ¿Tuvieron apoyo de alguien para hacerlo? ¿Hasta qué grado pudieron cursar? Y aquí la pregunta en la que todos somos sus asesinos: ¿Por qué, en 50 años de vida mediática del quichua, no hay miles de adolescentes-Sixto, miles de poetas-Sixto, o escritores-Sixto? Como final: ¿Por qué la sociedad tuvo que llegar hasta el límite de declarar que “se murió el último de los grandes”?
Por todo esto, el asunto es ver si lo que representa Sixto para la clase media es nada más que un músico, un quichuista pintoresco, o (muy a mi pesar) un desecho folclórico. O acaso su lucha, su vergüenza inicial a hablar quichua, su penurias económicas, su gestión cultural, nos mueven a llamar a una discusión profunda en materia de políticas culturales, donde el bilingüismo es un elemento estratégico para miles de niños y jóvenes que podrían desarrollar sus habilidades estéticas y culturales desde su quichua. Este sería el mejor homenaje a la mejor y gloriosa parte de Sixto: la lucha por su lengua.

Prof. Hector A. Andreani
Asociación de Investigadores en Lengua Quechua
www.adilq.com.ar

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